Retrato de Felipe

Quiso ser amado, no hay duda: la soberbia de la frente lo delata. Una frente limpia, sin pelo, que poco a poco gana terreno a la cabeza y está dispuesta a recibir los besos de la gloria. Sin embargo, no hay besos que en ella se depositen, sólo las lenguas ásperas de los dragones que le arrugan la piel. Los años han transcurrido sobre sus párpados y los nuestros. Parece que han durado más de 365 días.

No lo sabe, pero dejó de dormir hace tiempo. Su rostro empobreció, sus mejillas son flácidas. La miopía, confesada por sus lentes, no disculpa la falta de visión cuando este señor, tan pequeño como es, tan pequeño que la grandilocuencia no le cabe, tropieza con nuestros cuerpos. Esa nariz prominente que no huele el perfume de la putrefacción, esas orejas ofensivas porque aun con su gran tamaño hacen oídos sordos a las súplicas, a los insultos, a los discursos mejor elaborados. No es un galán, tenía que compensarlo de algún modo; tampoco es inteligente: pensó que apretando la mandíbula y arqueando las cejas lograría engañarnos.

Es un hombre muy solo, pero jamás se permitiría la invención de un amigo imaginario que le comprendiese. Por ello encontró consuelo, consejero y camarada en su dedo índice, el más fiel de sus vasallos, que señala poetas y acusa a todos los que no sabemos entender el favor que nos hace. A quienes ignoramos cuánto le gustaban, quizás a los diez años, los soldaditos de plomo.

 

Máster en Creación Literaria. Ejercicio. Curso: Ensayo y No Ficción. Categoría: retrato escrito. Profesor: Domingo Ródenas. Universidad Pompeu Fabra.

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