Retrato de Virginia

Señora de perfil eterno. Los ojos oscuros (pupilas de agua salvaje) buscan todavía tramas sutiles, apenas por debajo del ecuador. Usted no fue siempre un retrato. La mayor parte del tiempo los fue todos.

Y la mano, otro tema. Dedos largos -¡no de pianista, sino de escritora agigantada que jugó con los siglos!-, importantísima mano para sostener la pluma y enmarcar el rostro rectangular, que pudo ser un jardín donde floreciesen todos los pétalos y germinasen las semillas más ambiguas.

Las orejas, atentas, contuvieron cada eco del mundo, incluso los que permanecieron en silencio, sin dialogar jamás con otros tímpanos. Sus orejas aún parecen –tan largo es el antehélix- escuchar nuestras voces.

Pero cuando miró de frente su nariz inauguró caminos descendentes sobre los labios del deseo, ligeramente separados, permitiendo el flujo del lirismo. Todos los ríos conducen a su frente tranquila (a veces también la atraviesan).

Y el peinado de su juventud, partido en dos, reaparece en primavera sobre las copas de los árboles, unas veces serenos; otras furiosos, enloquecidos.

Máster en Creación Literaria. Ejercicio. Curso: Ensayo y No Ficción. Categoría: retrato escrito. Profesor: Domingo Ródenas. Universidad Pompeu Fabra.

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