Una teoría personal de hilos y cuerdas

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La literatura se sostiene a través de cuerdas.

Me parece natural imaginarlo así. Tengo tanto derecho como las Moiras a obsesionarme con hilos de vida o muerte, de amor u odio, y tanta necesidad como los físicos teóricos de suponer un universo filamentoso en el que toda materia nace de la vibración.

Nuestra cuerda originaria es, por supuesto, el cordón umbilical.

Yo no hablo por otros humanos (no puedo) pero últimamente pienso que la impronta de iniciar la experiencia nerviosa unidos al mundo por una cuerda jamás nos abandona. Estamos imposibilitados para recordarla, pero nunca nos abandona.

A los homínidos siempre nos gustaron las cuerdas y si nosotros bajamos de los árboles por el propio pie, no significa que la añoranza por la cuerda original desapareciese.

Incluso para unirnos tendemos lazos, nos preocupa fortalecerlos y mantenerlos (a veces con los vivos, otras con los muertos, algunas más con seres u objetos inconfesables). Y cuando los rompemos, o cuando la Moira nos los corta, es siempre un acontecimiento.

Los físicos teóricos también hablan de lazos cuando hablan de cuerdas. La intertextualidad literaria es filamentosa.

Leer y escribir es, para mí, la principal manera en que puedo paliar la angustia original de perder el primer lazo orgánico con el mundo. Es la añoranza de una satisfacción total que será por siempre inalcanzable.

Como estoy condenada a vivir insatisfecha, escribir me permite unir mis pequeñas insatisfacciones a través de hilos diversos. Así me tejo una red que, como tal, no sirve para un carajo (al menos no seré yo quien lo decida) pero me hace sentirme menos sola. Sé que estoy sola, pero a veces me gusta jugar a que no lo estoy. Es un estado de inmadurez permanente.

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A la soledad la contenemos. La palabra, en cambio, nos contiene a nosotros.

La ausencia de palabra es la muerte propia. La ausencia de lectura supone la muerte de los otros.

Morimos muchas veces. La primera, solos. Las demás, también.

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Los músculos de R. son hermosos.

Si habitásemos un vetusto pasado homínido, R. y su anatomía celebrarían cazando mamuts el  triunfo de la selección natural sobre profundos e insoldables mares de tiempo.

Yo se lo dije algunas veces, pero con otras palabras.

En esta época donde que la fuerza de R. es de uso limitado en escenarios precisos, su más deslumbrante actuación (a mi parecer) consistió siempre en emplearla contra, sobre o debajo de mí: un juego de naturaleza beligerante en el que las diferencias de tamaño entre tríceps y deltoides se hacían más obvias que nunca.

Sin embargo, por más evidente que fuese la estampa, a mí me gustaba preguntarme cuánto de fuerza y cuánto de palabra intervenía en aquellos combates danzados. Especialmente cuando –a pesar de toda lógica- mi endeble musculatura resultaba, por decirlo de algún modo, vencedora.

 

Con L. las cosas las cosas fueron un poco distintas. Nuestros cuerpos son gemelos.

Todos sabemos que las fuerzas iguales, si pretenden desafiarse una a la otra tirando de la cuerda, se anularán entre sí.

Por eso, el uso de la fuerza entre L. y yo fue siempre simbólico, como cuando simbólicamente le tomé la muñeca para impedir que se arrojase a la peligrosa madrugada mexica tras una discusión dionisiaca, y más o menos alegóricamente empujé su cuerpo tan hermano del mío contra la pared para pedirle que por favor no se fuera. Pero con otras palabras, claro.

La física es inviolable si uno se limita a sus leyes.

Me gusta recordar con la intuición de que en todas las frases y discursos -sea cual sea su naturaleza o tono- yace una misma súplica infantil, una motivación primigenia que se gesta quizás en los llantos de cuna. A veces es difícil de rastrear. Otras, tan desesperada que no puede verbalizarse sin rodeos, como (afortunadamente) les sucede a los mejores escritores que conozco; y como (sin fortuna) les ocurre también a los peores enemigos de todo bienestar, público o privado.

Máster en Creación Literaria. Ejercicio. Curso: Ensayo y No Ficción. Categoría: ensayo rapsódico. Profesor: Domingo Ródenas. Universidad Pompeu Fabra.

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