Sobre las obras (casi) completas del mono binario

Lo que me inquieta de los científicos es su talento para echar por tierra cosas que alguna vez me parecieron maravillosamente indescifrables y cambiármelas por otras.

Compréndanme: mi alma fue educada en la agridulce miel de las dicotomías –sáfico almíbar, por aquello de bittersweet, sly, uncontrollable creature…– y, aunque suele rebelarse ante ellas, de repente se irrita cuando ese malévolo grupo de genios sin rostro se inmiscuye en asuntos que en principio no deberían corresponderle (este principio, obsoletísimo, aún es capaz de hinchar fibras escondidas en las más oscuras profundidades de algunos desdichados).

Pero bueno, lo cierto es que si el entrometido científico resulta ser un geek amante de los monos y fan de Los Simpson, como yo, casi seguramente[1] le perdonaré cualquier desliz.

En el estado de Nevada, de nombre tan poético y blanquecino, el programador Jesse Anderson consiguió hace unos días materializar el clásico teorema de los monos infinitos[2], motivado por un capítulo de Los Simpson, según cuenta.

La proeza –y rapidez- de Anderson consiste en que sus monos escritores son digitales, no unos chimpancés escatológicos incapaces de apreciar un teclado de computadora, y en que el algoritmo utilizado es un tanto permisivo con ellos. Sin embargo, ya lograron reproducir A lover’s Complaint de Shakespeare tocando únicamente las cuerdas del azar… y se les puede acusar de todo menos de plagio (diría yo que incluso hay que aplaudirles).

He de admitir que estos simios hijos de puta, redentores del alma del artista, son fantásticos por muchas razones, pero  mencionaré únicamente dos.

La primera es que son la mejor versión posible de los grandes creadores del siglo XX –y de toda época sucedida o venidera- puesto que su procedimiento de creación, ilimitado porque un mono infinito no muere, permite que las obras emanen solas del azar más puro (he leído a un tal Aésar Cira al que la idea le entusiasmaría locamente), liberando así a los tristes escritores de una vida de sufrimientos artísticos pero innecesarios: el escritor podría olvidarse de escribir porque eventualmente los monos digitales darán con el libro o antilibro que tenía pensado.

Pero, si quiere seguir escribiendo a pesar de que su obra terminará brotando de la casi nada, tendrá entonces la posibilidad de engolosinarse con el proceso de creación, pero sin dedicarle demasiados manifiestos ideológicos porque, al final de su historia, cuando él ya no exista y sólo queden las obras para hablar de algo, el futuro lector[3] no podrá distinguir del texto parido mientras el escritor reía, lloraba o se rascaba la entrepierna, del texto concebido por la bondadosa generalidad de un algoritmo omnipresente y eterno, que para entonces ya estará mejoradísimo.

El segundo acierto de los monos binarios, y si acaso su más grande aportación a la historia de las letras, estará en relegar la prosopopeya al cajón de los recuerdos. O, si tienen corazón –yo no lo dudo- le dejarán vivir como una curiosidad, acaso un guiño entre simios,  que de todos modos la benevolencia de su algoritmo sacará a la luz de vez en cuando, las veces que el limitado alfabeto y sus combinaciones posibles lo permitan.

Me pregunto, ¿alguien recuerda cómo se llama la figura retórica mediante la cual objetos inanimados con apariencia animal conceden voz a los humanos?


[1] Casi seguramente. <Xn) converge de forma casi segura a una variable aleatoria límite X cuando el conjunto de sucesos ω tales que X(ω) es el límite de la sucesión (Xn(ω)) tiene probabilidad 1>>.      Confieso que cito a Wikipedia pero he tenido la prudencia de meter la cabeza en una bolsa de papel antes de hacerlo público. El objetivo es justificar ante mí misma el uso de una frase fonéticamente desgraciada que, en lenguaje científico, significa “no importa lo que usted opine, los monos escritores, dándoles el suficiente tiempo, tienen una probabilidad del cien por ciento de ser tan buenos como Cervantes, Netzahualcóyotl y usted juntos y separados”.

[2] Incómoda sentencia matemática que imagina a un mono aporreando un teclado durante un periodo de tiempo infinito y, como resultado del azar, reproduciendo cualquier libro que el mundo haya escrito con una probabilidad del cien por ciento. Como no soy muy buena para los porcentajes, me costó entender que la profecía predice también que los monos escritores podrían redactar obras que aún no han sido, siquiera, pensadas.

[3] El fatídico día en que los monos hayan escrito todo lo posible en todos los alfabetos existentes, tal vez sea el lector quien asuma el papel de creador. Y digo “tal vez” porque ignoro si en esos utópicos tiempos quedará un ser humano vivo, al menos como ahora los conocemos.

Máster en Creación Literaria. Ejercicio: réplica al ensayo ‘Por una nueva escritura’ de César Aira. Curso: Ensayo y No Ficción. Profesor: Domingo Ródenas. Universidad Pompeu Fabra.


Anuncios
Etiquetado , , ,

3 pensamientos en “Sobre las obras (casi) completas del mono binario

  1. Violana dice:

    como siempre… fascinada

  2. Quien fuera silla de ordenador barcelonina…

Otros deportistas opinaron

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: