El Nieto y el Seudonauta

Una señora gorda nos impide girar a la derecha. Que ahí no es, sentencia en catalán. Afligidos, vagamos hasta dar con un salón lleno de gente. Debe ser aquí. De pronto, todos los rostros se ven surcados por profundas  y lastimosas grietas. Los ojos se les hunden. Sus ropas despiden un fuerte olor a colonia. Sin embargo, nos parece algo normal. Debe ser la brecha generacional, pienso o comento. Estas señoras leyeron “La mujer reptil” mucho más jóvenes y ahora vienen a reconciliarse con la nostalgia. Pero una discreta incertidumbre me impulsa a tomar un folleto y darme cuenta de que estamos en una obra de teatro o algo parecido. Se me acaban las teorías sobre por qué allí sólo hay ancianos y nos largamos.

La mujer gorda ha encontrado una ocupación más entretenida que el bloqueo de giros diestros. Rebeldes, penetramos por el pasillo y abrimos puerta. Siempre fue aquí, siempre. El Seudonauta, su Nieto y Otro Individuo ya se han acomodado en el estrado.

De resquicios generacionales, ni un milímetro. Crisol de edades sí, pero eso es diferente: somos treinta y pico personas ­del adulto jovencísimo a la señora madura y guapa, pasando por un hombre de mediana edad y aspecto ingenieril­. Compartimos al menos dos intereses: el gusto por lo fantástico y lo mainstream, si es que tienen algo de kitsch y de literario. También nos es común una tercera característica, pero menos obvia, como esas manchas de familia que aparecen en glúteos y antebrazos y que sólo algún desafortunado miembro de la estirpe portará sin orgullo en la frente: nuestra alma de vindemia. Se nota por donde se nos mire, si se nos mira bien.

Es la fiesta del Nieto Treintañero, camisa a cuadros y pelo alborotado, look muy correcto para la ocasión. Estamos en la presentación de su libro Asesino Cósmico, título que heredó de su abuelo literario. Cuenta que invitó al anciano a escribir un capítulo cuando supo que eran vecinos. La intertextualidad literaria jamás deja de ser de carne y hueso. El abuelo aceptó encantado, recuerda el Nieto-fan.  Al Seudonauta le brillan los ojos cuando su descendiente libresco lo elogia.


[Flashback]
  Descubrí al Seudonauta sobre el paseo de la Reforma en la Ciudad de México hace algunos meses, donde por menos de tres pesos adquirí un ejemplar de La Mujer Reptil, maltrecho y con olor a libro viejo y manoseado. Comencé a leer. La bruma londinense se coló entre mis pestañas desde el primer renglón. Aunque adiviné el final como a la quinta página (me tardé), leí con gozo. Es verdad que forcé un par de escalofríos, pero fue parte del ritual iniciático.

Entre líneas, la asociación con algunos nombres que rondaron la literatura de consultorio dental de mi infancia (una tal Corín Tellado que todos conocemos) se hizo sola. Sí, había cierta unidad; pero, a diferencia del romance de secretarias, la ambientación victoriana y los asesinatos en “La mujer reptil” me gustaron mucho. Tecleé un par de palabras en Google para confirmar mi intuición. Fue entonces cuando supe del Seudonauta y de sus viajes sobre la nave Bruguera, de su arribo a más de dos mil puertos acompañado por un  grupo de héroes-fantasma que nunca fueron él pero que jamás dejaron de ser él. Una especie de Jasón tardío y sus clones imaginarios que en vez de lanzarse a la Cólquida y detenerse en Lemnos, exploraron el salvaje Oeste de los cowboys, el Japón de los samurái,  la alucinante vegetación de otras galaxias, Broadway, una supuesta Isla de las Tinieblas y, para beneplácito de sus lectores, el erotismo lésbico y todos los ríos de sangre caliente. Su vellocino de oro fueron las pesetas necesarias para el sustento del hogar y del amor suyo de cada día, el que le inspiró las mejores tramas y le recordó sentarse a escribir. Eran otros tiempos, pero el oficio sigue siendo el mismo. Más o menos: su esposa ya no vive y a nosotros difícilmente nos pagan. Sobre todo si no tenemos los pelos parados. [/Flashback]


Curtis Garland
 apoya la mejilla sobre la mano, tiene la mirada de un niño. Con frecuencia les sucede a los viejos que han sido felices. A la pregunta de un chico sobre las intensas relaciones entre seudónimos, realidad y fantasía, responde que nunca tuvo tiempo para pensar en psicologías (sic) y confundirse. Las cosas eran así: una novela semanal, siempre a contrarreloj. Cobrabas si escribías, punto. ¿Renunciar  a la literatura para hacerse escritor? Gajes del oficio. ¿Y sobre la disciplina? Un anarquista de los horarios.   También fue adivinador: predijo el futuro al escribir sobre una ninfómana dentro la Casa Blanca. “Pagaban mejor por las novelas guarras”, explica. ¿Y la posteridad? Para otros. “Un escritor inmediato sólo aspira al presente”, declara.

Robert Juan-Cantavella juega con su botella de agua entre las manos. Garland se pone una gorra de béisbol y extrae de su mochila un ejemplar de Asesino Cósmico. Hablan sobre naves espaciales y agujeros negros. Garland mueve los dedos como un mago. Cantavella lleva patillas. Curtis, bigote. Sus frentes se parecen. Curiosidad deliciosa: una editorial argentina ha publicado recientemente “Las oscuras nostalgias”, que en vida fuera la novela preferida de la señora Garland.


[Flashforward] 
El Seudonauta y su Nieto aplauden junto con el público. Otro Individuo agradece quién sabe qué y tose. [/Flashforward]


Máster en Creación Literaria. Ejercicio: Crónica literaria
Curso: La escritura literaria en castellano. Profesor: Jordi Carrión. Universidad Pompeu Fabra.

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