Anales de un origen desafortunado (rapsodia de aventuras)

I. Mi padre me parió por el culo un año normal comenzado en martes. Es una pena que en aquella época no estuviese de moda tomar fotografías durante el parto, pero fueron varios los pares de ojos que presenciaron la culminación del misterio de la vida, en plena cena familiar, el más frío de los inviernos del sur que entonces se recordaban.

Según me han contado (y como he escuchado que les han contado a otros) mi padre comenzó con el trabajo de parto justo después de que la abuela sirviera el pozole. Nadie tomó en cuenta su dolor de estómago ni sus quejidos ahogados sino hasta que se levantó de la mesa con las mejillas encendidas, la boca cuajada en dolor y, de la nada, se puso a gritar improperios entremezclados con el nombre de dios e injurias dedicadas a Miguel de la Madrid.

Tal como lo evocaría mi abuelo a partir de esa misma noche y hasta la tarde en que murió, el sonido primigenio del universo, el del beso entre dos planetas que lo originó todo, retumbó en el comedor. Una tía medio poeta contó que le pareció escuchar el eco de las Guerras Médicas cuando coroné. Mi primo Ernesto el Loco, que entonces tenía dieciséis años y que esa noche llevaba corbata y tenis limpios, presumió mucho tiempo haber sido él quien puso en el tocadiscos el LP de Boys don’t cry, regalo de la única novia que tuvo antes de perder la razón, para darme la bienvenida al mundo.

Mientras la voz de Robert Smith inundaba  la estancia, la cuñada de alguien preparaba un té de manzanilla y a mi padre se le salían las escleróticas. Mi madre lo animaba soplándole con un abanico. Tres parientes lejanos que venían de Asia y olían a hierbas aromáticas (mi abuela los dejó entrar porque se identificaron como parientes lejanos pero nadie los volvió a ver después de la cena) entretenían al ahijadito de un amigo de familia con sencillos trucos de cartas.

Tras la ventana, la noche era negrísima. El borracho emblemático de la colonia se resguardaba del frío junto a una farola.

El abuelo, que se había negado a participar en el alumbramiento, asumió que su condición de médico le permitiría ser el primero en inspeccionar a la criatura pegajosa que yacía entre los pliegues de un trapito ensangrentado, ante la expectante mirada de los presentes,  una vez que mi padre se tendió bocabajo con la frente ahogada en sudor.

Robert Smith se calló.  Asno y Buey, los poco originalmente nombrados perros de mi tía soltera, morían por olisquear al extraño bicho. Miraban al abuelo con ojos vidriosos, pero él les dio un puntapié y con voz de trueno les ordenó largarse. Las bestias chillaron y huyeron. Entonces el abuelo, con toda la autoridad de su bigote y el respeto de su familia por ser el mejor médico de aquel sur, anunció el sexo del bebé.

II. A ninguno de los otros niños del jardín los parió su padre. Tampoco su madre, ni llegaron al mundo salidos de ningún orificio corporal. A ellos, los otros niños del jardín, los había traído la cigüeña. Cada uno lo contó a su debido tiempo en la cima de la resbaladilla o sobre los ponis del carrusel. Natalia hizo un dibujo del ave que,  con boina y camisa a rayas, la transportó a través de un cielo rosado de hermosas nubes rojas, mientras sus padres y hermano le tendían los brazos desde una ventana suspendida sobre el sol.

Fran, el Niño Líder, proclamó desde el primer día haber sido entregado a su familia por el mismísimo Bebé Jota, aunque lo cierto es que Fran modificaba el relato dependiendo de su humor. El día que orinó las plantas frente a la profesora divorciada que lo reprendió en el acto, gritó ­entre mocos y lágrimas­ que el Bebé J. se vengaría de la desgraciada mujer no llevándole jamás un niño guapo a la puerta de su hogar. Ni siquiera en una bolsa de pan, mucho menos en una canasta de oro. La mañana que nos tocó repasar en voz alta la numeración del uno al diez y Fran acertó en el primer intento, le susurró al Gordo (asegurándose de que todos pudiésemos oírle) que su inteligencia venía de otra galaxia, donde el Bebé J. gobernaba junto a no sé qué otras dos presencias a una raza de infortunados seres. La parte importante del relato era el viaje espacial que Fran había hecho siendo un recién nacido. Recordaba todos los detalles. Una ballena militar, por ejemplo, que con casco y metralleta guiñó el húmedo y cetáceo ojo antes de que Fran y B.J. escindiesen la atmósfera terrestre.

Yo no atiné a recitar la numeración del uno al diez. Tampoco hablé demasiado acerca de mi origen. Cuando fue imposible desviar la conversación hacia las aventuras de Le Petit Prince o hablar sobre la máquina de escribir que mi abuelo El Escultor había dejado en casa -­murió de cáncer y ya no escribía-­ dije, levantando un poco los hombros, que yo había nacido de una forma natural.  Ningún niño o niña se atrevió jamás a jugar al arqueólogo con mi historia. Cuando yo decía natural, una capa de humo les nublaba la mirada y separaban los labios dejando asomar un terso cordel de saliva.

III. El día que mi carta de la Juguetería Mágica llegó ­en un bonito sobre rojo que ponía mi nombre en letras doradas­, me emocioné más que en cualquiera de mis cumpleaños. Sin embargo, mis padres intercambiaron una mirada sospechosa. Mi madre se encerró a llorar durante cuatro tardes y mi padre volvió del trabajo por tres noches reducido a su mínima expresión. Era verano. La carta declaraba:

Los padres del menor no están obligados a presentar a su hijo o hija en nuestras instalaciones, pero se considera moral y de buen gusto hacerlo.

  En aquel sur no existía una sola persona mayor de seis años que no hubiese recibido la carta y asistido a la ceremonia de iniciación. Todos los niños de la primaria esperaban ansiosos el momento. El ritual consistía en hacer un largo viaje a través del País de lo Verde hasta llegar a la juguetería, enclavada en lo que nosotros entendíamos por el fin del mundo, junto al mar. No se trataba de un escenario dramático, pero era lo más lejano que conocíamos. Una vez allí, los destinatarios enanos de la misiva entraban en La Tramoya, recinto diáfano y hexagonal donde flotaban todos los juguetes que habían sido vistos en los comerciales de televisión, en las páginas de las revistas extranjeras o en los propios catálogos ilustrados que la Juguetería Mágica adjuntaba en el sobre. Dentro, los protagonistas epistolares debían concentrarse, con toda la fuerza de sus pequeñas almas, en el juguete que más querían (se trataba de modelos irrepetibles). Si el niño o niña era digno de ese juguete, éste volaría hasta sus manos. Si no, el juguete adecuado para su carácter lo elegiría a él. No había mayor misterio. La carta venía firmada por una asociación sin fines de lucro.

IV. Yo no conocía los trenes. Muchos años después tomaría un avión, un taxi, otro avión y otro tren para adentrarme en una región más verde y frondosa que el País de lo Verde. El recuerdo de este último, por más dinero que he invertido en alejarlo de mi memoria, sigue desdoblándome los riñones algunas tardes. Mi madre nos preparó sándwiches de queso para la travesía. Mi padre se puso una chaqueta negra y me tomó de la mano. Yo daba brinquitos. Tampoco he podido olvidar esa región más verde y frondosa que el País de lo Verde, pero no hay moneda ni paciencia capaz de borrarla porque no sé en qué parte del cuerpo se me esconde.

V. El tren era una serpiente de incontables párpados claros. Mi padre durmió todo el trayecto. Yo me dediqué a contemplar a la Muñeca de Aquellos Ojos que había recortado del catálogo ilustrado. Era una muñeca bonita de mirada insolente. Mi madre intentó en vano sugerirme unas insípidas raquetas de bádminton para jugar con mis primos. Le dije que no. Comenzó a tronarse los dedos.  Le hice creer que también consideraría el barco pirata. “¿El de la Marina Real?” preguntó mi madre con una motita de luz en la pupila. “No, el pirata”. A mi mamá le picaron las orejas. Nos deseó buena suerte a mi padre y a mí antes de partir. El tren era un ciempiés hinchado de humo hiriendo la cordillera.

VI. El tren es el viaje.

VII. La Tramoya era menos imponente que en los relatos de los adultos, pero bastante amplia. Cuando mi padre y yo llegamos, Natalia, Fran y el Gordo ya estaban dentro. Mi padre se quedó fuera, junto con los de su especie, observándonos. Un ejército de hormigas benévolas me invadió  la espina dorsal. Arañas danzarinas ejecutaron coreografías de baile moderno sobre el pelo de mi nuca.  El corazón se me salió viscoso por los oídos. Ese día comencé a mordisquearme los dedos.

VIII. Juguetes de todo tipo flotaban sobre nuestras cabezas. Las raquetas de bádminton de mi madre, arcos y flechas de indios, G.I. Joe’s de última generación, trompos, microscopios Mi Alegría, juegos de mesa. Y arriba de todos ellos, imperturbable e imposible, la Muñeca de Aquellos Ojos. Otras niñas la miraban con la lengua de fuera. Algunos niños también. Ella no miraba a nadie. Mi padre entre la multitud de padres, tras los muros transparentes de La Tramoya, bebía una Coca Cola.

XIX. Muchos años después, cuando pisé la región más verde y frondosa que el País de lo Verde, estaba sola. Ningún pájaro dominaba el cielo. Caminé por sus calles de piedra. Me adentré en sus  parques de robles helados e infinitos.

XX. La historia de la crueldad y la tradición del instinto de supervivencia comenzaron a narrarse simultáneamente. Están contenidas en la misma leyenda. Recuerdo cómo la mandíbula de una niña le sirvió a otra de escalón para colgarse de un hornito de juguete y salir flotando hacia los brazos de su sonriente mamá. Fran le propinó dos puñetazos a un chico rubio que perseguía un paquete de canicas. Una bicicleta morada con canasta y timbrito se estacionó frente a Natalia, que había mantenido el cuello tenso y los dedos sobre las sienes todo el rato. La bicicleta tocó el timbre. Natalia la montó feliz y pedaleó triunfal sobre unos gemelos desmayados que abrazaban un oso de felpa. Los guantes de boxeo más rojos y brillantes que yo haya visto se dejaron poseer por las manitas de Fran. Al Gordo le cubrió la mirada una máscara de Darth Vader.

XXI. No escribí una sola palabra en la región más verde y frondosa que el País de lo Verde. Las narraciones posibles se escurrieron del lenguaje antes de mi llegada. Los mitos caducaron con apuro y el viento me endureció las falanges. Leí a Juan José Arreola sobre las escaleras de la catedral. Mis glúteos apenas soportaron el gélido contacto con los escalones.

XXII. Bajé los párpados con el pitido de inicio. Mis tímpanos clausuraron el sonido exterior. No le pedí a la Muñeca de Aquellos Ojos que volara hacia mis manos. En cambio, le prometí que la Olivetti de mi abuelo muerto sería suya. Corregí la promesa cuando recordé que la muñeca no tenía dedos: será tuya porque la utilizaré para escribir sobre ti. Miré entre mis pestañas y noté que la Muñeca de Aquellos Ojos seguía suspendida en el aire. Transcribiré todas las historias que me dictes. La Muñeca Hija de Puta no descendía. Apreté los dientes. Te escribiré relatos por las noches. Te compraré diccionarios en todas las lenguas. Audiolibros. Reemplazaré con tu nombre el de todas las musas y musos. Cambiaré el final de las historias que no te gusten. Leeré lo que me pidas. Memorizaré otros alfabetos, me haré políglota, hojearé el periódico.    

XXIII.   El dolor en los riñones comenzó cuando una zorra que parecía de once años y no de seis me pateó la parte baja de la espalda.  Era la elegida por la Muñeca de Aquellos Ojos. Abandonaron La Tramoya juntas. Sólo quedé yo. No había más juguetes.

XXIV.  El principal socio fundador de la Juguetería se disculpó con mi padre. Jamás ocurrió algo semejante, señor, se lo juro. El hombre se relamía angustiado el bigote mientras mi padre agitaba los brazos.

XXV.  La forastera llegó con las córneas húmedas a la estación desierta. Su pequeña valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Odiaba esa valija. Se enjugó las lágrimas con un pañuelo, se puso los lentes y miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentada y pensativa consultó su iPhone. La hora justa en que el tren debía partir. Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse la forastera se halló ante el fantasma del guardagujas.

XXVI. Papá no me dirigió la palabra durante todo el camino de vuelta.



Máster en Creación Literaria. Ejercicio: Mito de origen literarioCurso: La escritura literaria en castellano. Profesor: Jorge Carrión. Universidad Pompeu Fabra.

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Un pensamiento en “Anales de un origen desafortunado (rapsodia de aventuras)

  1. Anónimo dice:

    tania estrada te seguiré hasta la muerte y más allá.

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