Como no aparecido en la nota roja

Matilde abrió de golpe los dos ojos. El tercero no, porque ya no lo tenía: desde que Simón había muerto ya nadie la llamaba bruja y no existía razón para esconder un tercer ojo o llevarlo atrás de la cabeza, siempre vigilante. Así que abrió los que le quedaban, atravesados por filones rojísimos e inflamados y ninguna duda le oprimió el corazón: la casa se estaba quemando con todo y vieja dentro.

No se preguntó  por el origen del fuego. Además, las llamas aún no entraban en el cuarto. Un cuarto sin ventanas. Seguramente Simón, pinche viejo panzón, lo había previsto todo mucho antes de morir, desde que compraron esa casa venida a menos donde las sombras de un futuro doliente teñían los muros disfrazadas de humedad. Y treinta años después el cabrón le gritó, mientras la muerte le chupaba el aliento y ella hundía la hoja metálica, que la esperaría en el infierno para vengarse.

Pero siempre fue un hombre impaciente y por eso no le sorprendía que muerto hubiese ideado la manera de fastidiarle los últimos años, que si bien no podía llamar tranquilos sí habían sido más descansados. Qué ruin llevársela chamuscada, seguro ahora mismo disfrutaba con la escena. Pero no, Matilde no iba a darle una alegría chillando como las jaibas cuando hierven en la olla y emiten un agudo lamento que ni las salva ni les ayuda a menos sufrir y sí las enrojece.

Algún peatón telefoneó a los bomberos. Los curiosos, los perros y las madres de domingo con sus carriolas se agolparon al otro lado de la calle, frente a la casa de Matilde; el cartero también se quedó contemplando las furiosas lenguas exotérmicas. Pensó en las cartas que ya no dejaría en ese buzón, en su gato Éufrates y en los calzoncillos fosforescentes del amante que había dejado en casa (porque un cartero homosexual no vive de sus conquistas sino del sudor de su frente, pero vive y no muere con los pulmones hinchados por el humo, pobre gente, que se salven, qué horror, pobre gente).

Matilde se arrastró, las uñas enterradas en la alfombra, una mano tras otra, hasta llegar al armario. Sus músculos se tensaron como los de un ciervo que reconoce en su alma que es la ineludible presa de una leona hambrienta, y recuerda cómo era ser un cervatillo y acurrucarse junto al cuerpo de su tibia madre; pero Matilde era tan vieja que, por más tensos que estuviesen, sus músculos seguirían siendo flácidos como una gelatina en la playa. Cuando llegó al armario y todavía no se ahogaba, pero casi, extrajo un baúl con candado y escuchó cómo Simón gemía desde el más allá que les toca a los que no son buenos, suplicando de forma muy poco amable, como siempre fue su costumbre, que dejara eso en su lugar.

Pero Matilde había sido precavida y si le juró a Simón que nunca recuperaría lo que de nada le había servido (y que por eso ella se lo arrebataba con un cuchillo de cocina) era porque no pensaba quebrar la sentencia, faltaba más, aunque fuera rosada como un camarón la iba a cumplir.  Así que la anciana envolvió el baúl con su cuerpo y se quedó quieta, apretando la mandíbula y pensando en el tercer ojo que la había convertido en una mujer de orgullos fuertes.

El fuego cedió, la muchedumbre se reintegró al cauce del mediodía, los bomberos penetraron en la recámara. Sólo encontraron hollín y el paso de la quemazón donde antes hubo retratos de niños sepia carcomidos por el tiempo, niños que al crecer no dejaron descendencia en ningún puerto o montaña, un cigarro encendido y la siesta de una mujer mayor, ahora todos hechos ceniza; a la derecha, un cuerpo tostado -­los bomberos maldijeron-­ y bajo él, un pequeño cofre superviviente.

Lograron abrirlo. En el fondo asomaron un par de ciruelillas deshidratadas y anacrónicas, nunca más turgentes capullos de piel suave, que ahí por la entrepierna llenaron de inmodestia y felicidad a Simón Pérez Betancourt, hijo, hombre al que la vejez le sentó verduzca en el rostro ­aunque siempre fue muy pálido y un día dejó de ser visto en el supermercado o la farmacia, como a todas las personas les sucede alguna vez.

Máster en Creación Literaria. Ejercicio: Descripción de una situación desesperadaCurso: Novela. Profesor: Antonio Masóliver. Universidad Pompeu Fabra.

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