Espacios aéreos. Variaciones.

Desde que vivo en España, mis diálogos con E. (los que son imaginados) ocurren en tres escenarios distintos:

  1. En el metro de la Ciudad de México rumbo a la Cineteca Nacional -la tarde en que fuimos a ver Anticristo de Lars Von Trier- y dentro del café de la Cineteca antes de que empiece la función.
  2. En mi departamento del DF, después de cenar, mientras adivinamos quién es el malo en Unidad de Víctimas Especiales, una serie gringa de misterios policíacos por resolver.
  3. Sobre mi cama, en mi cuarto del DF, cualquier sábado por la noche. E. acaba de llegar de Puebla y se ha recostado. Yo estoy ahí junto, viendo el techo. En este espacio mental, E. gira sobre su espalda para mirarme a los ojos y habla conmigo. No sé qué dice, pero habla conmigo. Yo le contesto. No sé qué digo. Hace ya un rato que nos hemos quitado la ropa.

Ahora mismo, en un avión que se dirige a Viena, la tercera es la variación que más me gusta.

*

Terminé de leer Los Ingrávidos, de Valeria Luiselli, justo cuando el avión golpeó el suelo de Barcelona. Para conseguirlo, tuve que leer dos veces el último renglón. Este avión pesa demasiado. Los pasajeros le aplauden al piloto.

*

Otra vez el cielo. Estamos a punto de aterrizar en Madrid. Me pregunto en qué piensan las personas dentro de los cochecitos de juguete. A quién se cogen, qué vino toman, qué tienen ellos que nunca (afortunada o desafortunadamente) tendré yo. El avión raspa furioso la pista de aterrizaje.

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