Oryctolagus cuniculus (non retoricus)

Me enamoré de L. en una casa sucia, cuando todavía éramos estudiantes. Miento: yo dejé de ser estudiante ese día. Habíamos ido a la casa porque queríamos coger. Llevábamos una bolsa de plástico con hamburguesas y hacía frío. Yo había pensado que podíamos cenar más tarde. Primero, le dije, vamos a mi cuarto, y me reí. La risa se volvió vaho al girar la llave de la entrada.

Pepe y Ximena estaban dentro, con los ojos fijos en sus computadoras, como suspendidos en un garfio fantasmagórico. La luz era poca, de ámbar gastado. Hacía semanas que Pepe y yo no barríamos. La pila de trastes sobre el fregadero constituía, con imaginación redentora, una representación más o menos abstracta de la erupción del Vesubio, la que sepultó a Ercolano y Pompeya. Sentí al polvo lijar la suela de mis tenis. Sentí ganas de apurar el paso y que L. estuviera ya bocabajo en mi cama. Volcán. Prender la televisión para fabricar un ruido cómplice. Lava. Volcán. Quitarme lo helado de las tetas las manos la nariz con su espalda.

[No recuerdo las lecturas que hice en esa casa, excepto El tercer hombre de Graham Greene. Jamás he visto la película].

Cuando abrimos la puerta de mi habitación, el conejo de Pepe se coló primero. L. volvió sobre sus pisadas para hacer no sé qué. Yo me sentí estúpida sosteniendo la bolsa de hamburguesas y la llevé a la cocina.

Regresé. El conejo se había cagado por todo el cuarto. También sobre la cama. Docenas de bolitas oscuras. Entonces escuché cómo L.  me alcazaba dentro y ponía una mano sobre mi hombro ¡mira, un conejo! y se ponía a la altura de mis ojos ¡Míralo, sus orejas! Fue entonces cuando me enamoré.

Lo del concierto vino semanas adelante, con toda la admiración y los aplausos, con el manoseo dentro del camerino. Mi deseo desde el lugar del público, entre esa gente que abría los tímpanos encantada. Como yo. Esa noche, sin embargo, la guitarra de L. se quedó en la sala. Muda.

La caca de conejo suele tener la capacidad de producir asco y ternura al mismo tiempo. Es inmunda y es pequeña.

El conejo de Pepe se llamaba Turín. Ahora está muerto. Creo que fue víctima un resfriado o se tragó algo que no debía.

Hoy me di cuenta, al pensar en L., de que no he visto a ningún saltarín orejón en Barcelona. Me parece que en México tampoco volví a ver uno. Lo digo en un sentido literal, no es un recurso retórico. No estoy utilizando al conejo para hablar de otra cosa.

Ni siquiera he leído sobre conejos en esta ciudad. He leído mucho, pero sobre otras cuestiones.


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