La educación del deseo (fragmento)

Desear en las bibliotecas públicas.

Nunca antes me planteé el tema de la voluntad. Vine a Barcelona aceptando que mi cuerpo era el contenedor de un deseo irrefrenable que se desbordaba. Fue así más o menos desde los siete años, pero la vida adulta se caracteriza porque los huesos dejan de crecer y las cavidades cesan de expandirse y el deseo no se entera. Continúa su desarrollo. A la altura de los veinticinco uno acude a la oficina o utiliza el transporte público y se ve en la necesidad de tronarse los dedos de los pies, taparse la boca con la mano o apretar las piernas mientras lee un libro.

A veces, durante los paseos dominicales sobre la avenida Reforma en la Ciudad de México, al mediodía, sentía la urgencia de vomitar el corazón. Creo que en una ocasión se me salieron cuatro, cinco, seis lágrimas. Lo más parecido a esa sensación que se me ha ocurrido verbalizar es que jamás he sabido permanecer indiferente ante tanta vida.

El deseo, como ya no cabe en el cuerpo, se sale por todos los orificios. Uno debe tomar ciertas decisiones, de acuerdo a sus posibilidades, si no quiere morirse ahogado.

En las bibliotecas me sucede lo mismo, pero de una manera más intensa porque estoy sujeta a las normas del silencio. Los únicos sonidos que aquí se permiten son los de las pisadas entre los estantes, la estela sonora que dejan las hojas de los libros cuando se les da vuelta y el golpear de los dedos sobre el teclado, entre otros pocos ruiditos de fondo.

Es natural desear en las bibliotecas públicas. Son las guardianas del anhelo humano en su manifestación menos tangible. Todos hemos deseado en bares, en puteros, en casas propias o ajenas, en la calle. Estos espacios han sido ideados con ese objetivo. Quiero decir: para no ocultar, necesariamente, las ganas.  Pero en una biblioteca se requiere cierta discreción. Generalizo de acuerdo a mi propia experiencia.

Pensar en la escritura de una novela mientras te empinas la cerveza en un bar es cosa fácil; también lo es cuando te empinas o tú empinas en otras circunstancias. No se sonrojen, que es normal. Gritar de emoción cuando te subes a la moto de un amigo y le abrazas la espalda, la emoción del aire golpeándote el rostro, la grandiosa y vital sintonía con el universo que la velocidad permite. Una hermosa palpitación literaria.

Todo eso es fácil y hermoso porque no hay necesidad de contenerlo. Se puede mostrar tal cual es; y si no, es posible disfrazarle de otra cosa y mostrarse igualmente emocionado.

Esta mañana en la biblioteca Vapor Vell he deseado en menos de media hora gritar, llorar y masturbarme. Mientras leía, mientras deseaba a otra gente. He querido llorar porque no sé quedarme insensible ante tanta vida silenciosa. Por supuesto, no he concretado ninguna de esas actividades. Me hubiera gustado. En serio.

El silencio de estas personas furiosas y bellas en su concentración, el silencio de todos los escritores que dedicaron latidos de corazón a la escritura de sus libros. Esos libros me resuenan en la cabeza como si fuesen un carnaval de risa, de amor, de llanto y de tragedia. Simultáneamente. Esos latidos, nunca más, nevermore; pero escritos y en silencio se han hecho un poco más eternos.

Aquí hay más de un cuerpo que, si la compostura no me lo impidiese, invitaría a mi cama ahora mismo para empaparnos juntos en llama y fatalidad. Locos de humedad y de deseo. Para ser como flores abiertas y fugaces (nunca estuvimos realmente destinados a ser ninguna otra cosa). Más de un libro que me llevaría a casa con idéntico propósito, pero ni la mochila ni el tiempo serán suficientes.

Hablaré sobre la voluntad otro día. Lamento haber creado una falsa expectación. Pero estarán de acuerdo conmigo en que no ha sido una falta demasiado seria.

Se espera que este fragmento forme parte del ensayo literario La educación del deseo, trabajo final del curso La creación literaria: historia y fundamentos, impartido por el escritor Rafael Argullol; aparece aquí en su forma de apunte de cuaderno.

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Un pensamiento en “La educación del deseo (fragmento)

  1. Esta entrada es una joya, Tania. Sumale a esta hipersensibilidad a la presencia de otros una acuciante carrera contra la decrepitud, y te sale un texto casi pornográfico. Quizá se sublime mejor cuando no se tiene a Decrepitud llamando a la puerta…

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