Males que aquejan al escritor (una interpretación personal). Primera entrega.

Persecución

Ciudad de México, 5:25 am, interior de un taxi.

Destino: embajada españolaAprobaron mi visa de estudiante y pedí el día libre en la oficina para ir a recogerla. Hay que llegar temprano porque la gente se amontona y pocas cosas son tan aburridas como esperar con hambre y frío.

Pienso que gran parte del mal humor se nos forja en las salas de espera que habitamos durante la vida (aunque en realidad esta es una banqueta de espera en la colonia Polanco). No sé.

Me voy a Barcelona a escribir. Me voy un año a no rendirle cuentas a nadie más que a la novela que traigo en la cabeza. Me voy a hacer ficción. En serio. Y tengo ganas de alejarme un rato, tomar perspectiva. Me lo puedo permitir. He jugado con la idea del exilio, pero son unas vacaciones. Jamás he dejado de tenerlo en mente. Me lo repito todo el tiempo.

El taxista me pregunta si me molesta que encienda la radio. Le pido que por favor lo haga.

Somos expertos en ficción. Más aquí que en otros sitios. El presidente, por ejemplo, es un gran modelo de ficciómata maniqueísta, un entusiasta del bien muy bueno y del mal muy malo. (Su problema es que la coherencia interna del relato no se le sostiene y se le escurre fangosa entre los dedos). Otro ejemplo es el resto de la gente.

A mis compañeros de la universidad y a mí nos pasó, más o menos, a la mitad de la carrera. Es verdad: no a todos. Algunos renunciaron a tiempo y cerraron sus cuentas de Facebook. Tampoco tienen Twitter. Pero de ellos no sé casi nada. Me gustaría saber.

La ficción se convirtió de un tiempo para acá en el espacio más cómodo. No siempre fue así. Pero ahora es así. Aquí. En mi cabeza. Es el prado de los cobardes. El ejido de los muñecos caprichosos. La zona de los payasos tristes que sabemos mucho o sabemos poco pero todo lo sentimos muy seriamente aunque nos dé risa.

Nadie va a perseguirme. Me podrán señalar. Quiero que me señalen, sí. Para mal y para bien. Pero no van a perseguirme. No a nosotros. No a mí por escribir una novela. Esta novela. No a mí por inventar una historia aunque entre líneas se asome un segundo relato. Porque es un relato que interpela a las raíces que siempre han estado ahí y que hoy siguen alimentándonos; las raíces que nutrirán a mi descendencia o a los hijos de mis hermanos y a la prole de la más tetona de mi prepa hasta el fin de los tiempos.

No se trata de una acusación con nombre y apellido. Es un juego. Un juego serio que me devora las entrañas, que me llena los pulmones de humus de periódico. A lo que huele sabe. Y me hace feliz. Este asunto de la gramática y de la historia secreta que decía Piglia me pone muy contenta. Pero la historia evidente también tiene su chiste. Armarla. Cuándo, puta madre, cuándo las letras se me volvieron cuestión de felicidad. Tanta pinche alegría. Cuándo escribir fue otra cosa. Nunca ha sido para mí otra cosa.

El taxista prendió la radio y dieron esta noticia:

dos periodistas aparecen muertas en iztapalapa asesinadas sus cuerpos estaban desnudos pies y manos atados la procuraduría general de justicia dijo salieron de la oficina a las diez de la noche luego ya no supieron nada estamos esperando la investigación van a evitar la impunidad un día en ginebra dicen los que saben que méxico es el país más peligroso para ejercer el periodismo


No conozco la obra de los más jóvenes; pero siempre los imagino escribiendo desde la persecución, o en la montaña, bajo las balas o bajo las estrellas, y los admiro

Yo también, maestro Monterroso, los admiro infinitamente.


Persecución
, ideología, indiferencia, carestía, incomprensión, analfabetismo, sectarismo, canibalismo, oportunismo, influyentismo, mafias, otros.

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