Males que aquejan al escritor (una interpretación personal). Segunda entrega.

Ideología

Sur de Veracruz, el cielo oscuro, hace diecinueve años.

Apareció una muda de piel de serpiente en el patio de mi casa.  Si bien somos gente de provincia y en los noventa la calle de enfrente no estaba aún pavimentada (y crecía un monte tupido y amenazador), en mi familia no teníamos machetes ni sabíamos muy bien cómo reaccionar ante la posibilidad de un demonio rastrero que no descansaría hasta picarnos a traición mientras dormíamos.

Mis tíos acudieron en nuestro auxilio y junto con mi padre conformaron un escuadrón de búsqueda y captura. Las mujeres se quedaron dentro con la niña, entonces una pequeña yo de siete inviernos.

Creo que me metieron los pies en unas bolsas de plástico. ¿O me subieron a mi cuarto? No recuerdo ese detalle. Tal vez fueron las dos cosas.

Lo que sí tengo presente es la angustia que me ató los pulmones y la lengua de hielo que me recorrió la espina dorsal, así como el llanto por pensar en la hecatombe hecha reptil que había venido a destruir el orden de las cosas.

Ya nunca volvería a la escuela ni jugaría otra vez con mi mejor amiga ni vería la película de los ponis, mucho menos crecería para ir a la universidad y volverme adulto, mi padre moriría devorado por la serpiente y mi madre también de tristeza. Entonces sería huérfana y me adoptarían mis abuelos que también morirían porque eran viejitos; y mi tía la que se había casado con un francés no volvería sus ojos a mi sangre, y algún hombre con gabardina vendería la casa o directamente la destruiría un terremoto y todo se iría a la chingada.

Empaquetaré la compra de las señoras en el supermercado para sobrevivir. No tiene nada de malo, es un trabajo digno, pero no te mueras, papá, por favor no te mueras, encuentra a la víbora y mátala y seamos otra vez felices.

La serpiente no apareció. Sin embargo, la vida siguió siendo.

 

Barcelona, marzo 2012.

Jamás he manifestado un especial interés científico o metódico por la biología, más allá del sobrecogimiento que unas hormigas bien organizadas, las enormes orejas de un elefante o la manera en que una perra lame a sus crías insuflan en las gentes sensibles, normalmente hasta dejarlas nadando en lágrimas o con una sonrisa humilde en los labios. Pero a veces leo.

Esta mañana, por ejemplo, leí que entre los motivos que tienen las serpientes para cambiar de piel están crecer, liberarse de parásitos y curarse heridas. Además, lo hacen en una sola sesión y en una sola pieza. No se rasgan innecesariamente ni se rompen nada que traicione su serpientialidad. Realizan el proceso con la frecuencia que les parece necesaria y sin dar mayores explicaciones.

Creo haber entendido que las serpientes no van por ahí ufanándose de sus asuntos epidérmicos ni de sus conclusiones cutáneas. Benditas serpientes que no hacen discurso. Pero que hacen. Y se salvan de padres de familia furiosos y de proles histéricas.

Afortunado orden de saurópsidos diápsidos, peregrinos que sobreviven al status quo.

Persecución, ideología, indiferencia, carestía, incomprensión, analfabetismo, sectarismo, canibalismo, oportunismo, influyentismo, mafias, otros.

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2 pensamientos en “Males que aquejan al escritor (una interpretación personal). Segunda entrega.

  1. Anónimo dice:

    Yo soy una serpiente que hace discurso. Y siempre te leo. Y siempre quiero, de todo, más. Desafortunado orden el mío (y el tuyo). O no. Las serpientes no saben de lo infinito de un tacto.

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