Lenguas Muertas

Si sólo fuesen cuerpos, no importaría. El problema es que destruyen lenguajes.

La función del nuevo amante es destruir con su cuerpo el lenguaje del amante anterior.

Cuando L. me dijo que se acostaba con otra, enloquecí. No fue una cuestión de territorialidad, como si hubiese sorprendido los dos cuerpos en mi cama o en la suya. Fue algo infinitamente más triste, profundo y solo. No me imaginé a las nuevas manos aprisionándole los muslos ni a la nueva boca mordiéndole la nuca. En realidad, escuché una voz narrándole cómo le aprisionaba los muslos y las muñecas, describiéndole cómo le apretaría el cuello con los labios. Esa voz no era la mía.

El límite de la posesión es la palabra. Una vez que se borra lo hemos perdido todo.

El amor es un diccionario que sólo dos decodifican. Cuando la intimidad se acaba, cuando realmente se acaba,  se sabe porque las palabras del otro se oyen huecas. Se vuelven cántaros vacíos. Por eso me imagino perfectamente a L. eliminando uno por uno los correos desesperados que le envié, sintiendo la imposibilidad de comprender una lengua extranjera que no se tiene el más mínimo interés por descifrar.

Las palabras del amante inmediato anterior son spam lingüístico.

Toda la Tierra, que eran los dos amantes, tenía una misma lengua. Usaban las mismas palabras. En su emigración hacia el poniente, que es a dónde va todo lo que ahora está vivo, hallaron una llanura y se dijeron uno al otro: “hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego”. Ladrillos significa algo distinto cada vez. Pero en el fondo no deja de ser más o menos la misma cosa. Luego se dijeron: “edifiquemos una ciudad y no estemos más dispersos”.

Pero pasó lo que siempre pasa. Un proceso silencioso y burbujeante derruyó una a una las piezas del alfabeto. Allí, las lenguas de los dos habitantes de la Tierra se volvieron irreconciliables y también ininteligibles y los cuerpos se dieron la espalda.

La historia del latín comenzó en el siglo VIII antes de Cristo. Es una lengua muerta que aún hoy unos cuantos estudian.

Una persona bilingüe puede hablar dos idiomas con fluidez. Alguien  trilingüe, tres. Políglota es aquel que domina al menos un cuarto.

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